¿Qué es la democracia participativa?, a propósito de la campaña electoral en España.

Y los partidos políticos, ante una situación de emergencia social, decidieron, en un acto de cordura, lucidez y responsabilidad, renunciar a una campaña basada en propuestas cada cuál más peregrina, a mítines endógenos y campañas de marketing, para acordar la celebración de debates con presencia de vecinos donde de forma cordial pero batalladora se discutían sobre los problemas actuales desde un punto de vista estructural, socio-histórico, contextual y, sobretodo, entendible para todas las capas de la sociedad. Para los que no pueden leer la prensa todos los días y para los que sí. Para los que ni siquiera saben leer. En los bares no se hablaba de otra cosa. Los historiadores, sociólogos, economistas, analistas y ciudadanos en general alimentaban y enriquecían los debates mediante artículos de opinión en la prensa local, en las redes sociales, en cada esquina, en cada sobremesa.

Durante semanas, los empleadores incentivaban la participación de sus empleados en todo tipo de actos porque, entendían, les acabaría reportando beneficios en el futuro. La gente discutía con pasión, sin miedo y tratando de fundamentar sus posiciones de forma racional y siempre, siempre abiertos a las concesiones. Lejos quedaban aquellos tiempos de silencio, en los que la gente no hablaba de política o zanjaba cualquier debate con frases como “son todos iguales” o “yo paso de la política”. Las élites pseudodemocráticas, con el apoyo de los medios de comunicación tradicionales, hablaban de caos. Pero la gente ya no les creía, ni a ellos, ni a sus campañas de manipulación. La gente quería informarse, comprender, disentir, consentir, decidir. Era como si todo ese disenso, la furia cordial y el conflicto sano, llenasen las conversaciones diarias. Como si otro tipo de discusiones, vacías, espurias, insanas y corrosivas, pasasen a un segundo plano. Como si la gente de repente sintiese que vivía en una sociedad más justa, más sana, más predecible. Como si la gente votase en base a sus principios y sin esperar nada a cambio. Como si por fin todo el mundo asumiese que la confrontación de ideas y el consenso están en la base del progreso real.

Sociología pública

Dentro de la sociología existen sin duda dos corrientes con relación al rol que un sociólogo debe desempeñar. Por un lado, aquellos que sostienen que la sociología, siendo una ciencia, debe abstenerse de emprender acciones independientemente de los resultados de su investigación. Se trataría, por llamarlo de alguna manera, de una visión cientificista. Por otro lado, una visión más pragmática y de compromiso social, que considera que la acción social o activismo no está reñido con el hecho de que la sociología sea una ciencia. En otras palabras, uno puede llevar a cabo investigaciones sociales totalmente rigurosas y de lo más sofisticadas pero no por ello debe abstenerse cuando los resultados de dicha investigación invitan a movilizarse social o políticamente. Esta última visión daría lugar a lo que se conoce como sociología pública y que ha alcanzado ya cierto reconocimiento dentro de la sociología anglosajona. El actual presidente de la Asociación Internacional de Sociología, Michael Burawoy, es posiblemente el mayor exponente e impulsor de este específico campo.

El activismo fundamentado en los resultados de una investigación es una práctica común en casi todas las ciencias. Como sugiere Naomi Klein en su artículo “¿Está matando al planeta nuestra implacable busca de crecimiento económico?” este es, de hecho, la actitud adoptada por numerosos investigadores en el seno de las ciencias naturales a respecto de las investigaciones sobre cambio climático:

Numerosos científicos han sido motivados por los resultados de su investigación a emprender la acción en las calles. Físicos, astrónomos, médicos y biólogos han estado a la vanguardia de los movimientos contra las armas nucleares, la energía nuclear, la guerra, la contaminación química y el creacionismo. Y en noviembre de 2012, Nature publicó un comentario del financista y filántropo ecológico Jeremy Grantham instando a los científicos a sumarse a esa tradición y “ser arrestados si es necesario”, porque el cambio climático “no es solo la crisis de vuestras vidas, es también la crisis de la existencia de nuestra especie”.

Por lo tanto, lo primero que debe entenderse del concepto de sociología pública es que no se trata de ningún tipo de actitud propia de los científicos sociales a quienes normalmente se les confunde con simples y románticos activistas y que a menudo se oponen a otros tipo de profesionales con una visión más pragmática y economicista como ingenieros o economistas. Uno puede llevar a cabo investigaciones sociocientíficas y a su vez ser un activista.

Tengo la sensación, sin embargo, que son muchos los científicos sociales que se abstienen de movilizarse políticamente incluso cuando los resultados de su investigación son claros y contundentes con determinadas problemáticas sociales. Esto se debe principalmente a un cierto complejo de la sociología por su corta vida como ciencia y por no haber alcanzado, al menos en determinados paises, la misma autoridad científica que otras disciplinas, especialmente con relación a las ciencias naturales. El hecho de lidiar con aspectos de la realidad social sobre los que a priori todo el mundo tiene una opinión hace que la sociología no ocupe el papel que le corresponde en las sociedades modernas. Bourdieu explicó este hecho de la siguiente forma: “El sociólogo está expuesto mucho más que cualquier otro especialista al veredicto ambiguo y ambivalente de los no especialistas”.

Pero la clave a este respeco es que los sociólogos, al igual que los físicos, astrónomos, médicos y biólogos no sólo observan la realidad sino que procuran un estudio sistemático de la misma, lo que permite extraer conclusiones mucho más consistentes. Eso no quiere decir que la visión de la sociología esté por encima de las visiones políticamente divergentes o que se trate de la verdad absoluta, pero sí puede ayudar a focalizar los problemas reales a los que nos enfrentamos, es decir, ayudar a centrar los debates políticos que tienen lugar en el seno de la sociedad. A identificar qué problemas son más acuciantes y los que están en la raiz de problemas más graves. Aquí, el papel de la sociolgía pública es fundamental pues difícilmente podrán los resultados de una investigación tener algún efecto cuando no trascienden de los congresos y las bibliotecas.